Actuar y comprender: el significado del acontecimiento

To act and comprehend: the meaning of the event

Jacqueline Reyes

Universidad Nacional de Colombia, Universidad Javeriana.

jreyesr@unal.edu.co

Fecha de recepción: 22 de junio de 2016
Fecha de aprobación: 19 de septiembre de 2016

Resumen


En el texto La condición humana, Hannah Arendt presenta la Historia como una narración sin autor, sin comienzo ni fin, sin otro protagonista que la humanidad abstracta. Los héroes en la Historia, quienes tienen la valentía de comunicar su yo más allá de la necesidad, actúan para obtener el brillo que solo da la mirada de los otros, para hacerse recuerdo, pero no pueden medir las consecuencias de su acción, que por definición es ilimitada e incalculable. El único autor de la Historia es el historiador, quién puede comprender el significado de la acción gracias a la luz del acontecimiento singular; por esto para Arendt la Historia es un ejercicio de comprensión y el historiador lejos de pretender ser un científico debe ser un hombre de acción.

 

Palabras clave: Hannah Arendt, acción, comprensión, acontecimiento.


Abstract

In The Human Condition, Hannah Arendt understands History as a story without author, without beginning, or end, with the abstract concept of humanity as its only protagonist. The heroes of History, who have the courage to speak about themselves beyond the need, act to obtain the glory that can be only achieve through others. Nonetheless, they cannot measure the consequences of their actions, for definition unlimited and incalculable. The only author of the History is the historian, who can comprehend the meaning of the action thanks to the light of the singular event. For Arendt, History is an exercise of comprehension and the historian far from only being a scientist must be a man of action.

 

Key Words: Hannah Arendt, action, comprehension, event.

 “El perdón tiene poco que ver con la comprensión, ya que no es ni su condición ni su consecuencia”[1] 

 

Durante buena parte de los siglos XIX y XX, los historiadores emprendieron el proyecto de dotar a la Historia de un método científico, que siguiendo el modelo de las ciencias naturales, pretendía ser el fundamento para la producción de conocimiento objetivo y universal sobre el pasado. Hannah Arendt critica las nociones de filosofía de la Historia que basan su comprensión en la búsqueda de fines predeterminados que puedan ser leídos por el historiador en el acontecer del hombre sobre la tierra y también afirma que comprender la Historia como ciencia es imposible. Se trata de una reflexión temprana contra el esencialismo en historia, anterior al posestructuralismo y a la crítica posmoderna. Buena parte de las ideas que se presentan en el siguiente escrito provienen del manuscrito “Comprensión y política”, que hace parte de los llamados Ensayos de comprensión (1930 – 1945) y de su obra La condición humana publicada en 1958.    

Lo que se pretende a continuación es explicar cómo la noción de acción en Arendt conduce al desmonte de la causalidad como categoría  de la disciplina histórica, en tanto el carácter ilimitado e impredecible de la acción impiden la comprensión del pasado como una serie de sucesos que tienen su origen en la voluntad humana y dan lugar a la aparición del acontecimiento como categoría central que ilumina la comprensión del pasado. 

Lo auténticamente humano: Acción y discurso

Dentro de lo que Hannah Arendt designa como vida activa, la acción, como actividad fundamental de la vida del hombre en la tierra, ocupa un papel destacado porque corresponde a la condición humana de la pluralidad, y al comprometerse con el establecimiento y preservación de los cuerpos políticos, crea las condiciones para el recuerdo.

La acción es la actividad humana que mantiene la relación más estrecha con la condición de la natalidad porque “el recién nacido posee la capacidad de empezar algo nuevo, es decir, de actuar”[2]; con cada nacimiento algo singular y novedoso entra en el mundo. Gracias a la condición de principiantes los hombres pueden iniciar algo nuevo y esta iniciativa es la única libertad posible en lo que se refiere a los asuntos humanos. De los hombres cabe esperar lo inesperado porque la acción es tan poderosa que contradice toda probabilidad, por lo que Arendt afirma que lo nuevo siempre aparece en forma de milagro[3].

En el pensamiento arendtiano, la pluralidad, lo que obliga a hablar de los hombres y no del hombre, es condición básica para que la acción tenga lugar, solamente porque los hombres viven con otros que son sus iguales, tiene lugar la acción como posibilidad de distinción. Solo el hombre puede expresar distinción y distinguirse, esto es, comunicar a los otros su propio yo más allá de la necesidad. Esta identidad única que corresponde a cada quien, es una cualidad que se revela en el discurso y en la acción, que para la autora son “coexistentes e iguales, del mismo rango y de la misma clase”, así, “encontrar las palabras oportunas, en el momento oportuno es acción”[4]. Mediante el discurso y la acción “los hombres se presentan unos a otros, no como objetos físicos, sino qua hombres”[5], se diferencian en lugar de ser diferentes, por esto una vida sin acción, ni discurso para Arendt, ha dejado de ser una vida auténticamente humana.

Se necesita iniciativa para presentarse ante los otros e insertarse en el entramado de las relaciones humanas, es con acciones y discursos que los hombres responden a la pregunta ¿Quién eres tú? por esto tienen una cualidad reveladora. Cuando voluntariamente se escoge aparecer en la esfera de lo público y abandonar la seguridad de la vida privada[6], se está corriendo un riesgo, el peligro es poner al descubierto al agente de la acción, al exponerse al brillo que solo da la mirada de los otros. Por esto para Arendt, la acción sin nombre carece de significado y tanto las buenas obras del beato como las fechorías del ladrón quedan por fuera de ella, porque son realizadas por figuras solitarias y por lo tanto anónimas.

Acción y soberanía de sí

Es con palabras y actos que los humanos se insertan en el mundo, un mundo que está formado “con los objetos fabricados por las manos del hombre, así como con los asuntos de quienes habitan juntos en el mundo hecho por el hombre”[7]. Este mundo condiciona toda actividad humana, “cualquier cosa que toca o entra en mantenido contacto con la vida humana asume de inmediato el carácter de condición de la existencia humana”[8]. Por esto, quien escoge aparecer en el mundo está condicionado por lo que ya ha sido fabricado por quienes estuvieron antes que él.

Las acciones y los discursos solo son tangibles cuando se escriben, se publican y están disponibles para ser contados como historias, sin embargo en la mayoría de los casos no producen más que el inter-est y se convierten en los intangibles que constituyen la trama de las relaciones humanas compuesta por “innumerables y conflictivas voluntades e intenciones”[9]. Solo en este en – medio se revela el quien de la acción, solamente dentro de esta trama desordenada puede tener lugar los nuevos comienzos y las consecuencias de lo iniciado. Así, la historia de vida del recién llegado afectará a quienes estén en contacto con él y los impactos de este efecto no pueden ser calculados por quien inicia la acción, ni por quien, sin iniciar el movimiento, padece sus consecuencias.

Aunque cada quien sea agente en su proceso de inserción en el mundo, nadie es realmente autor de la historia de su vida porque todos estamos condicionados por las iniciativas de los otros. Lo más devastador para el ideal de soberanía de sí es que incluso las consecuencias de la propia acción resultan indomables, por el desorden que supone la cadena de acciones y reacciones que forman las relaciones humanas. Todo hombre, en tanto se encuentra en medio de hombres, “actúa en un medio en donde toda reacción se convierte en reacción en cadena y donde todo proceso es causa de nuevos procesos (…) la reacción aparte de ser una respuesta, siempre es una nueva acción que toma su resolución y afecta a los demás”[10]. La acción revela así una de sus características fundamentales y es que al estar inserta en el entramado de las relaciones humanas, es capaz de generar reacciones que tienen un carácter ilimitado porque todos los humanos en virtud de su nacimiento son capaces de nuevas acciones susceptibles de afectar a los otros, en breve “a veces una palabra basta para cambiar cualquier constelación”[11].

Aunque las historias de vida sean resultado de la acción y esta acción sea posible gracias a la iniciativa del agente, que en tanto hacedor de milagros, valiente ejecutor, abandona la seguridad de la esfera privada para aparecer con su acción en público, este agente, este héroe, protagonista de la acción, no es más que actor, nunca autor o productor de su propia vida. Arendt explica que “debido a que el actor siempre se mueve entre y en relación con otros seres actuantes, nunca es simplemente un agente, sino que siempre y al mismo tiempo es un paciente. Hacer y sufrir son como las dos caras de una misma moneda”[12].

La ausencia de soberanía no hace al agente menos valiente, porque según Arendt derivar el valor de la soberanía de sí es un equívoco del que se puede escapar si se comprenden las características del héroe homérico. Contrario al héroe moderno, a quien se supone soberano no solo de sus actos sino capaz de controlar las fuerzas del mundo, el héroe homérico es más bien “todo hombre libre que participaba en la empresa troyana y sobre el cual podía contarse una historia”. La valentía de este héroe radica en su voluntad “de actuar y hablar, de insertar el propio yo en el mundo y comenzar una historia personal”[13], lo que implica el riesgo de revelar su identidad en público y no necesariamente la voluntad de afrontar las consecuencias de sus acciones.

Para Arendt, si este héroe está dispuesto a tener una vida breve, puede llegar a detener las consecuencias de la acción con su propia muerte y de esta forma lograr conservar su identidad, ya que si sobrevive a su acto supremo tendrá que afrontar la continuación inesperada de lo que comenzó[14]. De esta forma, la única libertad como soberanía de sí con la que cuenta el hombre, es la de abandonar la esfera privada para revelar su yo en público y también la libertad de morir antes de vivir las consecuencias de su acción.

Las hipótesis de trabajo del historiador

La trama de las relaciones humanas es la única certeza de realidad con la que pueden contar los hombres, hace parte de la mundanidad que los hombres fabrican. Toda vida humana entra en la realidad de las relaciones entre los hombres como una narración que comienza con el nacimiento y termina con la muerte. Las acciones de los agentes son el origen de las múltiples historias que constituyen la vida de los hombres, estas historias son reales porque con ellas se produce algo tangible, los registros que quedan en “documentos y monumentos (…) en objetos de uso y obras de arte”[15] y en las narraciones que hablan de la vida del héroe, quién es protagonista y eje de cada historia.

En este sentido narrativo, para Arendt, la Historia, es la gran narración sin comienzo ni fin, es la recopilación de las narraciones, con comienzo y final, de la vida de los hombres en la Tierra. La historia tiene por tanto muchos actores y oradores, pero ningún autor que pueda identificarse. Tal y como sucede con las vidas humanas, la Historia es el resultado de la acción y por lo tanto escapa a toda predicción porque no está sujeta a la soberanía de los hombres. Si no hay un autor que pueda definir y predecir las consecuencias de sus propias acciones, es imposible que sean las voluntades humanas las que determinan el curso de la Historia.

Arendt explica que el protagonista de la gran narración es un gran desconocido, la humanidad, una “abstracción que nunca puede llegar a ser un agente activo”[16] y al mismo tiempo es el centro de todas las narraciones históricas. En este sentido, el trabajo del historiador no puede consistir en buscar agentes soberanos, con la ilusión de que sean sus acciones las que expliquen el curso de los acontecimientos, ya que una vez iniciada la acción esta es impredecible e ilimitada. Esta condición ha generado una perplejidad que la autora explica de la siguiente forma:

“en cualquier serie de acontecimientos que juntos forman una historia con un único significado, como máximo podemos aislar al agente que puso todo el proceso en movimiento; y aunque este agente sigue siendo con frecuencia el protagonista, el héroe de la historia, nunca nos es posible señalarlo de manera inequívoca como autor del resultado final de dicha historia.”[17]

La falta de soberanía del hombre en el curso de la narración histórica ha llevado a la filosofía a darle la espalda a la Historia, tal y como lo hizo Platón, cuando afirmó que a los asuntos humanos no debía otorgárseles mayor seriedad en tanto los hombres parecían títeres de algún dios. Esta perplejidad llevó a los historiadores a proponer un actor invisible, quién define y orienta el curso de los acontecimientos y está presente en todas las formas de filosofía de la historia desde el medioevo hasta nuestros días.

Este agente invisible, principio que mueve los hilos de la Historia, ha recibido nombres diversos: Dios, lucha de clases, libertad, y sin importar su nombre siempre ha sido útil para dar solución a dicha perplejidad y así otorgar a los hombres cierta seguridad sobre el futuro, al funcionar como una “hipótesis de trabajo para poner en orden el material del pasado”[18]. Estas hipótesis le permiten al historiador formular una solución definitiva al problema de los asuntos humanos. Si la ciudad de Dios, el socialismo o el capitalismo, son el fin de la Historia, la tarea del historiador queda reducida a interpretar el pasado con miras a este final y así poder señalar progresos y retrocesos en el camino que ha sido previamente trazado. 

Para la autora, toda filosofía de la historia carece de realidad. Arendt afirma que la Historia real no la hace nadie, ni una mano invisible, ni un dios escondido tras las bambalinas de los acontecimientos, ha determinado lo que sucedido. Es imposible encontrar a este agente soberano que hace la historia, porque para Arendt la Historia no está hecha, se actúa, es el resultado de la acción, no se trata de la ejecución de un libreto prescrito. En la historia real, lo único que se puede encontrar es al héroe, que se hace visible por su acción y del que solo podemos saber algo gracias a la narración de su propia vida, a su biografía.

La Historia, como resultado de la acción, es ilimitada, y por lo tanto, impredecible. El pleno significado de los acontecimientos solo puede revelarse cuando estos han terminado, para Arendt la luz para juzgar las acciones de los hombres y por tanto, todos los procesos históricos solo aparece al final, frecuentemente cuando todos los héroes han muerto[19]. En tanto los hombres no pueden garantizar “hoy quienes serán mañana” y resulta imposible “pronosticar las consecuencias de un acto en una comunidad de iguales en la que todo el mundo tiene la misma capacidad para actuar”[20], los resultados de la acción no pueden ser domados por el agente. Este es el precio que tiene que pagar el hombre por vivir en libertad en un mundo plural.

El historiador frente al acontecimiento

El sentido auténtico de la acción no puede ser juzgado por el héroe o por el testigo, solo al narrador de la historia, al historiador, se le revela el significado de la acción. Los relatos de los participantes en los acontecimientos son fuentes en las manos del historiador, y para Arendt “jamás pueden igualar la historia de este en significación y veracidad”[21], esto sin importar las buenas intenciones o la honestidad de los protagonistas, quienes solo pueden desatar la acción, pero jamás controlarla o predecirla. En este sentido, la Historia solo puede admitir como autor al historiador, quien puede comprender el significado de los acontecimientos, por esto Arendt afirma que “no es el actor, sino el narrador quien hace la historia”[22].

 

Pero, el historiador puede caer en la tentación de buscar una mano invisible que le evite el esfuerzo de comprender o puede recurrir a la causalidad, con lo que también pierde de vista el significado de los acontecimientos. Para Arendt, la causalidad es una categoría extraña a la Historia, que falsifica su significado, ya que los acontecimientos, como hijos de la acción, desbordan cualquier serie causal[23].

La causalidad parece tener sentido solo cuando algo irrevocable ha tenido lugar y el historiador intenta utilizar los rastros de lo ocurrido para explicar el presente, sin tener en cuenta que de los acontecimientos del pasado no puede deducirse el ahora. Poder predecir el presente a partir de lo ya sucedido va en contra de la comprensión de la Historia como parte de la acción del hombre en la Tierra, que como ya se vio, es ilimitada y por lo tanto impredecible.

Para Arendt, la Historia como narración solo puede aparecer cuando ocurre “un acontecimiento suficientemente importante como para iluminar su pasado”[24], es decir, para dar orden al amasijo desordenado de las historias humanas a través de una narración que puede ser contada de principio a fin, en últimas, es el acontecimiento revelador, el que ilumina un pasado oculto.

Para Arendt, la comprensión se diferencia del conocimiento científico porque no tiene un fin determinado y no produce resultados inequívocos, por el contario la comprensión es más bien una “actividad sin final, en constante cambio y variación, por medio de la cual aceptamos la realidad y nos reconciliamos con ella”[25]. Se trata de un proceso que nunca termina y que le permite a los hombres vivir en un mundo que ya estaba allí al momento de su nacimiento. Por esto, son los hombres que actúan y no los que se preocupan por ver el progreso o poner orden en el caótico mar de acontecimientos, los que pueden reconciliarse con lo que ya ha ocurrido, en esta medida el historiador debe ser un hombre de acción en lugar de pretender ser un científico. En su actividad el historiador debe volver siempre a los juicios y prejuicios y estar en contacto permanente con el lenguaje popular, ya que es en el estadio de la comprensión preliminar dada por el sentido común, donde pueden encontrarse las categorías para lidiar con lo extraordinario del acontecimiento. Por esto Arendt afirma de forma tajante que “somos contemporáneos tan solo hasta donde nuestra comprensión alcanza”[26]. 

Arendt desmonta la idea de causalidad al explicar que cuando se buscan causas y se establecen generalizaciones y categorizaciones para orientar la comprensión, se extingue “la luz natural que la propia historia ofrece y [se] destruye el verdadero relato que cada periodo histórico tiene que contarnos con su singularidad y su significado eterno”[27]. Por esto, la comprensión del historiador debe orientarse hacia la luz que brinda el propio acontecimiento, sin pretender encontrar caminos para normalizar su particularidad, porque es en el acontecimiento ilimitado e impredecible donde se encuentra el sentido de la Historia. De esta forma, una Historia sin acontecimientos, una historia causal, donde cada suceso puede aparecer como simple eslabón de una cadena, “se convierte en la muerta monotonía de lo idéntico”[28].

Son los acontecimientos los que revelan la Historia como escenario de acciones, sufrimientos y posibilidades que están más allá de toda voluntad y toda causa. En este sentido cabe recordar como para Foucault, leyendo a Nietzsche “lo que encontramos en el comienzo histórico de las cosas no es la identidad aún preservada en el origen, es el disparate”[29]. Así la tarea del historiador es buscar este disparate, lo que en Arendt constituye la novedad, la particularidad del acontecimiento como fenómeno impredecible, irrevocable, majestuoso, original e “intensamente efectivo”, con el que se verifica que algo nuevo ha tenido lugar en la Tierra. En el ejercicio de comprender el pasado el historiador detecta la novedad inesperada y resalta el poder de su significado, para así “analizar y describir la nueva estructura que emerge después que el acontecimiento ha tenido lugar”[30]

El historiador debe saber que su narración tiene comienzo y fin, pero la gran narración que es la Historia tiene muchos comienzos y no tiene final. Mientras el hombre camine sobre la Tierra, el futuro es terreno desconocido, y lo que está narrando el historiador es la Historia de unos seres cuya condición es el comienzo.

  

Bibliografía

 

Arendt, Hannah. La condición humana. Buenos Aires: Paidós, 2005. 

 

———. “Comprensión y política (las dificultades de la comprensión)”. En Hannah Arendt: Sobrevivir al totalitarismo, editado por Horst Nitschack y Miguel Vatter. Santiago: LOM Ediciones, 2008.

Foucault, Michel. Nietzsche, la genealogía, la Historia. Madrid: Pre-textos, 2008.

___________________

 

1. Hannah Arendt, “Comprensión y política (las dificultades de la comprensión)” en Hannah Arendt: Sobrevivir al totalitarismo, ed. Horst Nitschack y Miguel Vatter (Santiago, LOM ediciones, 2008), 17.

2. Hannah Arendt, La condición humana (Buenos Aires: Paidós, 2005), 36.

3. Arendt, La condición humana, 207.

4. Arendt, La condición humana, 53.

5. Arendt, La condición humana, 206.

6. En el pensamiento de Arendt la distinción entre la esfera pública y la esfera privada es fundamental para comprender el papel de la política en los asuntos humanos. Lo público en Arendt corresponde al espacio para la acción y el discurso, se trata de una “especie de segunda vida” que tiene lugar gracias al nacimiento de la polis. La esfera privada de los asuntos humanos corresponde a la familia, que sujeta a las necesidades propias del hombre como animal laborans, demanda una labor constante y repetitiva para asegurar la sobrevivencia de la especie. Tomado de: Hannah Arendt, La condición humana (Buenos Aires: Paidós), 51 – 61.

7. Arendt, La condición humana, 73.

8. Arendt, La condición humana, 37.

9. Arendt, La condición humana, 212.

10. Arendt, La condición humana, 218.

11. Arendt, La condición humana, 218.

12. Arendt, La condición humana, 218.

13. Arendt, La condición humana, 215.

14. Arendt, La condición humana, 220.

15. Arendt, La condición humana, 213.

16. Arendt, La condición humana, 213.

17. Arendt, La condición humana, 213.

18. Arendt, “Comprensión y política,” 32.

19. Arendt, La condición humana, 219.

20. Arendt, La condición humana, 262

[21. Arendt, La condición humana, 219.

22. Arendt, La condición humana, 219.

23. Arendt, La condición humana, 164

24. Arendt, “Comprensión y política,” 30.

25. Arendt, La condición humana, 17.

26. Arendt, La condición humana, 35.

27. Arendt, La condición humana, 31.

28. Arendt, La condición humana, 31.

29. Michel Foucault, Nietzsche, la genealogía, la Historia (Madrid: Pre-textos, 2008), 19.

30. Arendt, “Comprensión y política,” 32.

 
 

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